Monday, April 10, 2006

Sin ningún juicio

9
No me quedé dormido, pero la había estado escuchando con los ojos cerrados. Contra mi costumbre logré cierta concentración continuada. Sus palabras fluían como provenientes de un alma infantil, como de alguien que aún no había aprendido a leer y a escribir. Sin ningún juicio. Y ese candor era el que me había llenado ciertos vacíos que yo suponía inexistentes. Hasta entonces me había hecho falta unir algunos eslabones y tuve que inducirla a que se posesionara de mi propia memoria para revivir hechos presuntamente inexhumables. ¿Cómo entender que me había hecho recordar cosas que tal vez no sucedieron y que ahora están en mí justamente por haberlas recordado?
Al otro día recogí la grabadora y mi libreta negra de la mesa del comedor mientras mis hermanas se afanaban en la cocina haciéndome una machaca. Desayunamos y tuvimos que dejar pasar unas horas antes de que me llevaran con sus hijos y una de mis tías al aeropuerto de Ciudad Obregón. Cuando me besó de despedida, Olivia me dijo al oído:
—No me dejaron dormir.
La ballena metálica que me acogía en su vientre viró por encima del valle del Mayo y sus rectángulos verdes, el río que lo unía a la presa del Mocúzari y a Tesia. Me sentía en paz allá en el cielo, lejos de mi novela familiar. Ni dormido ni despierto atravesé las nubes que entre sus huecos iban insinuando la cercanía de Tenochtitlan, los agusanados cordones de microscópicos automóviles que penetraban en la ciudad por la autopista a Querétaro. Más tarde entré en mi departamento de Insurgentes Sur y desempaqué. Coloqué la maleta en el suelo con la idea de arreglar todo después, pero antes de acostarme quise comprobar si tenía en orden mis materiales, la libreta de notas, las cintas de la grabadora que puse sobre el escritorio. Recordé que había estado trabajando un poco en el comedor de mi abuela antes de pasar al traspatio de los limoneros y conversar con Azucena.
En un intento por encontrar algo de rescatable del material, y a pesar de que ya estaba muy cansado, me puse a descifrar mis garabatos que de pronto parecían una variante de la escritura árabe en mi libreta negra.
Cecilio Gocobachi asomaba detrás de las palabras, no tan confuso como irrumpió en el mundo del sonido cuando lo transcribía (enrarecido por rumores ruidosos y una desesperante estática) sino transfigurado ya entre la tinta negra y los blancos de la página:

Yo tenía a esta mujer, la última, cuando mi tío Margarito me enseñó a volar. Estábamos nuevos aquí. Yo cuidaba las chivas y él se la pasaba tocándome todos esos sones. Yo sabía cantar en cahíta y en castilla. Era músico. Cantaba en Navojoa, Huatabampo, Etchojoa y adonde me llevaran. Con los Gavilanes fui mariachi. El jefe del mariachi se llamaba José Gavilán. Los trompetistas vivían en Álamos. Eran dos y un violinista de Jalisco. Los demás eran de por aquí. Un hermano era violinista y otro que ahora es paskolero también tocaba el violín. Después me salí. Y se salieron todos. Mi tío Margarito me dijo que se iba a morir. Pero desde allá te hablo, me dijo. Faltan dos meses para irme; así que te dejo aquí y dentro de un año de muerto, un año y medio, entonces ya vas a estar allá. Ta bueno, le dije. A lo que él decía: Bueno, bueno. Y así murió.
Un año pasó. Otros seis meses y fui por las cosas a Paskolabampo. Desde esta casa volé. Aquí estaba un echo. Todavía había monte. Y allá andaba arriba cuando el Guocomatero me llevó volando para allá. Era un pajarraco muy bonito. Una chulada de animal. Así como ves, un loro, de todos colores. Como si lo hubieran dejado escapar de la jaula. Él voló primero y arranqué y subí para arriba, extendiendo los brazos. Era de noche, como a las diez. Pero desde allá se veía todo de día, como a las diez del día. Con los diableros era de día. Y me fui volando. Se veía abajo el río Mayo, y la presa.
Yo iba volando siguiendo al pajarraco. Aquel no me habló nada. Yo ya me sabía todas las canciones del Venado. Nomás me faltaba esa clase de jiruquia. Llegamos a Paskolabampo y se sentó arriba de un echo. Y yo así brincando me paré. Allí estaban mis tíos todos, el Venado y tres hombres de allá. Cacarizos los hombres, güeros. Esos me pasaron y en la puerta estaba esa culebra, muy grande. Me dijeron que la montara y la monté. La culebra se meneaba. Era como de medio metro de alta. Se meneaba muy feo. Era para pasar adentro. Y sí pasé. Él ya sabía que iba por las güejas. Había muchas cosas adentro. Muchos juegos. Lo que quisieras había allí. Me dieron todo eso y me vine. Pasamos por Batacosa, por El Quiriego, y llegué aquí aclarando el día. Vi todo eso como si viviera allí. El Guocomatero se sentó en el echo y yo me bajé. Se fue el animal y yo le dije saludes a todos los de por allá. Yo llegué con el liacho y me senté solo. Le dije a la mujer: Levántate, vieja. Ya está amaneciendo.
Estaba bien cansado. Ya no volví a dormir otra vez. Ya había dormido todo ese sueño, pero por allá andaba. Si me muero le voy a dejar esas cosas a alguien que quiera enseñarse. No tengo a nadie. Sólo a los puros segunderos. No he oído a ninguno que sepa cantar. Me han dicho muchos que les enseñe, pero no cantan, no saben. ¿Cómo les voy a enseñar si no saben cantar?

Me llevé la libreta a la cama para seguir en contacto con el jefe, leyéndolo, aunque más que en una conversación su pensamiento se manifestaba en la unilateralidad, allá lejos, en las afueras de Tesia.
Entonces, todavía tirado en la cama, me vino como en duermevela una duda: que el caset metido en la grabadora —según me pareció haber visto— no decía “Cecilio Gocobachi, jefe mayo”, tal como yo lo había puesto con un plumón rojo. No decía nada. Era otro, nuevo. Me levanté, fui al escritorio y apachurré la tecla de la grabadora. Era la voz de Olivia.
Así que también ella quiere decir cómo vio la película, me reí. Dejé correr la cinta, en tanto me vencía el sueño: unos rumores de chasquidos y agua se entremezclaban con su voz y con palabras como Chínipas, Navojoa… pero fui perdiendo atención y la apagué.
Me pasé todo el día siguiente en la redacción de la revista inventando el imposible reportaje de Tesia. Volví a llegar muy noche a mi departamento y por una cosa u otra fui posponiendo mi, debo decir, poca curiosidad por conocer la versión de mi otra hermana. No deja de sorprenderme todavía mi indiferencia. ¿Ya no me importaba nada? Por fin, un domingo, después de haber dormido hasta las doce y tomarme dos expressos de mi cafetera italiana, un café que dejaba pintada la taza, se me ocurrió poner la cinta que Olivia me había pasado de contrabando.


0 Comments:

Post a Comment

Links to this post:

Create a Link

<< Home