Monday, April 10, 2006

Escala en Magdalena


7
—¿Y tú sentiste el primer disgusto entre ellos? Esas escapadas de mi mamá a Navojoa…
—Esos viajes intempestivos eran un conato de separación. A veces se prolongaban más de lo habitual.
—Más de tres meses.
—Sí. Era toda una novela. De pronto mi papá venía por nosotros y nunca llegaba porque se la iba pasando de pueblo en pueblo. Hacía una escala en Magdalena, agarraba la tomadera y allí se quedaba, quince días. Se gastaba todo el dinero y ya no podía seguir al siguiente pueblo. Se tardaba mucho en llegar por nosotros. Porque mi papá no estaba motivado por su trabajo; siempre provocaba que lo corrieran. Nunca adoptaba la postura de cuidar su plaza. Sentía que él les estaba haciendo el favor de trabajar allí en el telégrafo. Se estimaba demasiado a sí mismo. Cuando estaban a punto de rescindirle su contrato sus compañeros eran los que se preocupaban y lo hacían volver.
—¿Cuáles pueblos?
—¿Cómo que cuáles pueblos? En ese tiempo era un pueblo Ciudad Obregón, Cajeme. Se pasaba otro tanto allí. Tenía otras amistades, los Robinson. Y se tomaba otros días. Total que era una pachanga de días y de meses. De allá para acá y de aquí para allá.
—No se atrevía a enfrentarla.
—Le pesaban mucho sus orígenes, su medio, la vida en la sierra y en el campo. Quiso ella que nosotros no tuviéramos la misma condición. Siento que fue muy avanzada para su época. Lo que ahora se presume que son las feministas mi mamá lo era desde que tenía veinte años. Se fijó una meta, sabía lo que quería, tenía un proyecto. Estaba muy decidida en cuanto a lo que esperaba de sus hijos. Ya había dado algunas muestras de ese carácter cuando salió muy chica de Navojoa a dar clases en otro pueblo, en Tesia. Tomó algunos cursos en Hermosillo y participó en contiendas políticas dentro del campo magisterial. Ha de haber sido en la época de Cárdenas. Sí. Tuvo alguna militancia dentro de la organización del magisterio y algunos cargos. En el fondo tenía un sentido de la justicia muy fuerte.
—¿Era de las maestras socialistas?
—Fue militante. En esa época iban a las iglesias y quitaban los santos. Mi abuelita se preocupaba mucho. Le decía que se iba a condenar y ella le contestaba que no, que lo estaba haciendo por su trabajo, no porque lo sintiera sino para conseguir su plaza y tener un mejor nivel que el que tenía su familia. Fue muy persistente en eso. Fue su única tarea en la vida: tratar de que nosotros saliéramos de esa marginación. Fuera de ésa, no creo que mi mamá haya tenido otra meta. No le conocí otra.
—Al casarse dejó el magisterio.
—Sí, pero eso tú lo sabes. ¿Por qué lo preguntas?
—Quiero ver cómo lo recuerdas tú. ¿Cuándo volvió a dar clases?
—Cuando yo cumplí siete años.
—Estabas en primero de primaria y puso el kínder en la casa porque no había dinero. El refrigerador siempre estaba vacío y los trastos sucios.
—No fue por eso. Fue porque no le daban su plaza. Lloraba mucho. A cada rato iba con el profesor Solórzano.
—La estaba solicitando.
—Siempre. Decía que cuando yo tuviera siete años y tú cinco y Olivia dos, ella iba a volver a dar clases. Muy frecuentemente iba y preguntaba y tal vez no tenía relaciones o no sé qué, pero se tardaron en darle su plaza. Fue antes cuando organizó la escuelita en la casa. Se pusieron de moda los centros de alfabetización en todo el país y mi mamá improvisó uno en la casa, pero como ella tenía la meta de que nosotras fuéramos muy señoras y muy damas de clase muy alta, en la mañana era la escuelita y en la tarde una sala de recibir. Házme el favor. Olivia y yo barríamos el gis, limpiábamos y trapeábamos lo que era el kínder en las mañanas y en las tardes poníamos una mesita de centro, cortábamos unos geranios del jardín, y se convertía en una sala de visitas. Tenía muy bien trazado a dónde iba. Por las tardes recibía a sus amigas del barrio y nosotras a las nuestras. Y la misma casita se transformaba de nuevo en escuela a la mañana siguiente; ella sacaba los pupitres, las banquitas, ponía el pizarrón y llegaban los niños. Les cobraba tres dólares a la semana. Era un escándalo, un griterío, pero también mucho trabajo en silencio.
—Después empezó a dar clases en la Pensador Mexicano.
—Se incorporó al magisterio estatal.
—¿Dónde entra aquí mi papá?
—Hay un choque de personalidades. Mi papá era una persona muy sensible, muy perceptiva; tenía más educación que ella. Le molestaba su modo de ser, su forma de expresarse, de ser brusca, de regañarnos. Era más fino, más delicado, pero no tenía un proyecto, una motivación fija.
—¿Se te hacía muy débil?
—Muy suave. Y muy cariñoso, muy tierno. Una vez me compró unos prendedorcitos de Pinocho. Estaba lloviendo mucho, como llueve allá en Tijuana. Y entonces atravesó por la casa de Dimas para entrar en la nuestra por el callejón y se resbaló, se lastimó un brazo y no llegó con los pinochitos. Se le cayeron. Eran unos prendedorcitos de Blancanieves. Y ese incidente lo relacioné luego con otras cosas. No lo puedo olvidar porque la tarde en que murió traía una pepitoria en el bolsillo y yo sabía que era para mí.
—En la época de la guerra no había esferas de Navidad.
—No vendían arbolitos. Entonces mi papá cortó un pino de enfrente de la casa, resinoso.
—Un pino.
—Sí, un pino natural. Luego le colocó unas tablas de base en cruz y mi mamá se puso a idear unos adornos de cartón con diamantina, como trabajos de escuela.
—Unas estrellas de cartón.
—A las vecinas les encantó la idea. Mi mamá les ponía la muestra a todas las señoras que vivían en el barrio y empezaron a recortar estrellas para sus ventanas. Cuando había el temor de los bombardeos japoneses en San Diego, los simulacros, se apagaba la luz y nos metíamos debajo de la cama.
—¿Eso hacíamos?
—Pues yo sí.
—No me acuerdo de nada.
—Estabas muy chico. Pero yo no he de haber estado tan chiquita. Yo nací en el treinta y nueve. Debía de haber tenido tres o cuatro años. Cuando íbamos a San Diego todo estaba pintado de camouflage: el camino, la carretera 101, los acorazados en el puerto, los jeeps y los aviones. En ese barrio nos llevábamos muy bien con los vecinos. Nos invitaban a sus reuniones, a las fiestecitas de los niños.
—¿Ya vivían los Valenzuela allí?
—Sí. Primero llegamos nosotros y los Valenzuela. Después se cambiaron María y el Capi, que trabajaba en la bomba de agua. Era una colonia de sonorenses hijos de trabajadores. No tuvimos problemas discriminatorios, no había mucha diferencia social. Eso a mí me dio mucha seguridad. Yo recibí mucho afecto, tanto del lado de mi papá como por parte de mi mamá. Mi tío Jorge se la pasaba todo el año fabricando los juguetes y los muebles que nos iban a amanecer en Navidad. Yo tenía sillas especiales para mis muñecas. Recamarita de madera, columpios, casas. Y luego tenía una abuelita muy inteligente.
—Era profesora.
—Y además leía muchos libros. La mayor parte del tiempo. Mi nanita y mi tío Jorge siempre estaban leyendo y sabían las noticias del día a los pocos minutos… sin que existiera en aquellos tiempos la televisión. Se enteraban inmediatamente a través de un viejo aparato de radio; lo sintonizaban, de onda corta, y captaba muchas ciudades de muy lejos, Berlín, Londres, Madrid, y luego Japón, la guerra del Pacífico, Roosevelt, Churchill, sabían quién era Mussolini. Los problemas de Alemania los comentaban, los analizaban. La bomba atómica. Ése era su ambiente. Tenían su propio universo, sus conversaciones.
—¿Todos ellos?
—Fueron gentes que no tuvieron apego por las cosas materiales. Tan no lo tuvieron que terminaron sin nada en la vida. Porque es lógico: si tú no quieres algo, pues no lo consigues. Nunca se preocuparon los hermanos de mi papá por hacer riqueza. Nunca. Jamás. Mi tía Sara era una mujer muy sabia. Antes de morir me hizo una relación de todo lo que sucedió a lo largo de sus ochenta años: “Viví una vida muy interesante”, me dijo. Ella era de mil novecientos, de Banámichi, y me fue señalando todos los inventos, el radio, la televisión, los aviones, que se hicieron hasta el viaje a la Luna. Y al otro día murió.
—¿Le tocó la llegada del hombre a la Luna?
—Yo los ví siempre a ellos como personas que no participaban en las cosas de este mundo; más bien ellos observaban lo que pasaba. No estaban involucrados en ningún campo. Ni en el de la política ni en el de la sociedad ni en el de los negocios. Trabajaban lo menos posible como plomeros y herreros y al fondo del taller, en medio del traspatio, amontonaban miles de botellas de tequila, vacías. Montañas de cristal. Eran unos observadores. Y tenían un gran sentido acerca de lo que es la vida y la muerte, que veían con una gran naturalidad.
—Como Alfonso.
—Como todos ellos. La pobreza, el hambre, la muerte, todo lo veían con una extraña filosofía. Como cosas normales.
—¿Con resignación?
—Con naturalidad.
—No la lamentaban.
—No.
—A mi mamá no le gustaban, ¿verdad?
—Es que ella era de familia campesina.
—Menos prudente.
—Sí.
—Más brusca…
—De otra educación. Por eso a veces era tan torpe y cometía tantos errores en su manejo de las relaciones familiares; no medía cuándo lastimaba, cuándo ofendía, cuándo gritaba…
—Era su modo de ser.
—Eran diferentes, él y ella, no tenían el mismo desarrollo. Igual le pasaba a mi papá en su ambiente de trabajo. No se sentía motivado. Fue maestro treinta y tres muy joven, un gran estudioso de la masonería. El primer libro de psicocibernética que conocí me lo prestó mi papá. Todavía en el rito nacional algunas personas lo recuerdan. A la mujer sí se le toma en cuenta en ese rito, sí tiene la posibilidad de abrir una brecha de igualdad ante la sociedad en comparación con el hombre. En el escocés no, allí a la mujer nada más se le tiene como amante o esposa, no en otras funciones.
—¿Y cuál es el rito escocés?
—El que prevalece ahora en Baja California. Mi papá era del nacional.
—Ah, ¿no era del rito escocés?
—Te estoy explicando la diferencia.
—¿Y se llamaba rito nacional?
—Se llama. Mi papá iba a la misma logia que está en la calle Sexta.
—¿Pero por qué nunca decía que era grado treinta y tres?
—Cómo no. Sí.
—¿Sí lo decía?
—Sí.
—Pero dejó de ir a la logia.
—Estaba desencantado. De todo. Perdió interés, y lo mismo debió sucederle en otras áreas, cuando empezó a declinar. Además, en todas las agrupaciones hay diferencias y malentendidos.


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