Monday, April 10, 2006

Navojoa


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Alguna vez escribió unos cuentos que tenían como escenario una peluquería y la estación del ferrocarril en Navojoa. Refería allí la historia —una estampa, una imagen— de un individuo que con un carrizo como telescopio oteaba a las muchachas que bajaban del tren o se paseaban por la terminal. El hombre de su relato lucía siempre una cachucha de visera larga, saco replanchado y flor en la solapa y era el hazmerreír del pueblo. Supongo que aquella escena solía tener lugar por las tardes, cuando disminuía el calor, hacia finales de los años veinte, época en que mi padre se iniciaba en el oficio que nunca abandonó en toda su vida, hasta mil novecientos sesenta, en Tijuana, cuando murió.
Ciertamente son muchas, pero muy vagas, las impresiones que hubieron de quedarme a lo largo de los diecinueve años que tuve contacto con él. Más tenues aún son las referencias a los primeros tiempos de su juventud en Magdalena. No era muy dado a hablar en detalle de sí mismo. Lo que traducía más bien era una emoción, un sentimiento de impotencia que lo aguijoneaba y lo amargaba. En cuanto a lo sucedido antes de que yo naciera lo sé muy de oídas; lo deduzco por algunos comentarios suyos, frases aisladas, esparcidas a través de un tiempo que nunca imaginé dilatado entre sus palabras y sus fotografías.

Fue en los albores de mi vida de telegrafista cuando tocóme estar en un pueblecillo remoto, en donde fui, por designios de un destino ignorado, a la vez agente de correos y del timbre (hoy Hacienda); mozalbete investido de toda representación federal en aquel municipio y, por ende, en contacto directo con todos sus habitantes como servidor público. El único peluquero del lugar (debe haber sido muy apacible este poblado, pues la cárcel estaba construida en la entraña de una colina, una caverna auténtica cuya puerta era de rieles de acero desechados de la vía del ferrocarril) era un sordomudo de buena apariencia. Lo veo luciendo sus mostachos arreglados; sus ojos negros y vivaces, partes medulares, como sus manos, del instrumental con que ejercen su mímica al expresar sus pensamientos los seres infortunados que por desgracia están privados del habla. Fui su cliente y amigo mientras conviví en aquel sitio. A fuerza de vernos con frecuencia llegamos a estimarnos y comprendernos. Claro que no había de faltar la noviecita (raja de canela en el chocolate de aquel bisoño operador del tiquitaca telegráfico, solitario y soñador).
Era ella la maestra escolar del pueblo, animadora del romance típico de provincia. Un buen día me ausenté para no volver jamás. Retorné a mi lugar natal en donde la correspondencia de la amada ausente era nutrida e implacable. Fue en medio de la dura realidad, la impotencia material de continuar sosteniendo aquel idilio a lo lejos, la falta de estampillas y otros achaques comunes a un bruja sin empleo, cuando resolví pasarle a un amigo bromista las últimas cartas recibidas de aquella joven y, sin abrirlas, le di el encargo de contestarlas a su gusto. Pero el amigo se fue de largo, dirigiéndole un telegrama a la pretensa, noticiándole falsamente que me había muerto. Según carta de otro amigo de aquel villorrio, la noticia se esparció inmediatamente, no escapando de conocerla el peluquero mudo que en aquellos momentos arreglaba a un cliente que dejó enjabonado. Se echó a correr por la calle principal (mejor dicho: la única) y, al encontrarse con algún vecino, hacía con su mano derecha ademanes de quien opera un manipulador telegráfico, luego juntaba las manos, las apuntaba al cielo, las batía como alas de ave en su emoción de inferir a mis conocidos que el que esto escribe… había volado al cielo.
Personaje formidable también, pero de muy distintas tendencias, dedicado a deambular de esquina en esquina por las grises calles de mi pueblo; individuo ya pasado de los años adecuados; saco negro replanchado, flor eterna en la solapa, el Lirio portaba un carrizo de un metro que, a guisa de telescopio, le servía para contemplar por largas horas el paso de las damas bonitas exlusivamente, jamás el de varones, siendo sus observatorios favoritos la estación del tren, las salidas del templo o del cine, pródigas en desfiles del bello sexo cotidianamente. Por lo demás, este Lirio exótico, aunque maniático irredento, era inofensivo, ya que nunca pronunciaba piropos a las chicas, encerrado en su mutismo heroico de astrónomo de piedra. Me cuentan que aún transcurre su figura por aquellas callecillas, fiel a su carrizo… todavía hay muchachas que se convidan confidencialmente a pasar por donde está.

Veo su rostro y no adivino nada. Tenía el pelo negro y lacio, peinado hacia atrás, y el cuello largo. Se le ve en compañía de unos telegrafistas a la entrada del Hipódromo, en mil novecientos treinta y cinco. No sé qué hacía entonces en Tijuana; yo lo suponía viviendo en Navojoa, donde se casó con mi madre en mil novecientos treinta y ocho. Quizá se daba sus vueltas por Tijuana para explorar el terreno y preparar su traslado de unos años más tarde. Su madre y sus hermanos emigraron hacia la frontera cuando empezó a construirse la presa. Tal vez previó desde entonces reunirse con ellos, en el futuro más inmediato. La pequeña ciudad apenas nacía, se beneficiaba de la ley seca en Estados Unidos, la fabricación de licores y cerveza, los cabarets y los casinos, y era una esperanza en aquellos años de guerra, aunque el trabajo de mi padre fuera en el telégrafo y el de mi madre en la escuela.
Hay otra foto, sin fecha, supongo que de principios de los años treinta, en otra de sus vueltas: está vestido de cowboy, con sombrero negro a la Tom Mix y chaparreras de pelambre, una camisa a cuadros, pañuelo de seda al cuello. El camarada que lo acompaña viste del mismo modo y sostiene una botella de aguardiente prohibido. Detrás de ambos sobresalen tantos letreros (Log Cabin Bar, Big Dance To Nite, Pistol Hill, Order Your Beds Early) que no es difícil deducir que se trataba de un escenario montado, para la foto, en La Ballena, una de las tabernas de Tijuana. Me sorprendió mucho conocer esta fotografía cuando yo ya andaba en los cuarenta años. Me la regaló un día mi prima Dora. Tuve mis dudas acerca de su autenticidad y durante más de un año no estuve seguro de que se tratara de él, aunque se parecía por momentos a mi hijo. La había puesto en la pared, sostenida con unas tachuelas en un corcho, y un día mientras alzaba la vista de vez en cuando, por encima de la máquina, reparé en un detalle. Era él. Sin duda alguna. Me fijé en algo que lo caracterizaba y se advertía también en otras fotos posteriores de su vida: la mano izquierda metida sobre la cintura, debajo del cinturón con balas. Una vieja manía suya.

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